¿De qué trata este artículo?
En un mundo cada vez más conectado, el narcisismo digital, la economía mental y el ego han encontrado un nuevo campo de juego: las redes sociales. ¿Estamos creando más narcisistas?
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Para responder a esta pregunta, primero es necesario comprender qué es el narcisismo. Desde el mito de Narciso, quien estaba tan obsesionado con su imagen que termina ahogándose en el lago que refleja su hermoso rostro, hasta los criterios diagnósticos del DSM-5 que destacan como aspectos centrales la fantasía de ser grandioso, privilegiado o talentoso sin tener los méritos para declararlo, la construcción de una personalidad narcisista —o más bien, rasgos narcisistas— es más común de lo que creemos, ya que el narcisismo, en esencia, brota del ego.

El ego, que simboliza nuestra identidad y apego a ella, se alimenta de la información sensorial y, en su lucha por la supervivencia, se considera único y separado del resto de la creación, con el derecho de vivir a expensas de su entorno.
Es importante señalar que el ego, siendo parte integral de nuestra existencia, no puede ser destruido. Su desarrollo nos afecta profundamente y nos ayuda a preservar nuestra integridad. Por lo tanto, al señalar las similitudes entre el ego y el narcisismo, es crucial entender que ciertos rasgos narcisistas no son inherentemente negativos y pueden, de hecho, fortalecer el carácter y la autoconfianza, impulsándonos a perseguir nuestros deseos.
Por eso vale la pena recordar que el equilibrio como en todo es fundamental, y ahí surge el problema. Al desconocer nuestro funcionamiento neurocognitivo o desechar nuestra experiencia física, emocional y espiritual, podemos caer en un camino que nos lleve a manifestar lo peor de nuestro ego. Basta con mirar y analizar la realidad mundial: la humanidad, como especie, se considera grandiosa y única, conquistando la Tierra sin consideración por las necesidades de sus cohabitantes.
Este deseo narcisista y egoísta, radicado fundamentalmente en nuestra propia naturaleza animal de supervivencia, buscó aislarse de todas las amenazas posibles y construir una nueva naturaleza que lo ubicara en la cúspide de la pirámide alimenticia. A pesar de los avances tecnológicos, nuestro cerebro evoluciona a un ritmo que no puede mantenerse al día con dichos progresos.
Un claro ejemplo de esta disonancia evolutiva es el concepto de “economía mental”. En la naturaleza, el desarrollo de sistemas que requieren el mínimo esfuerzo es favorecido. Aprendemos habilidades como hablar, caminar, conducir o escribir a través de la repetición, gracias a eso lo que inicialmente es complejo se simplifica con el tiempo, permitiéndonos realizar estas tareas de manera automática y sin esfuerzo consciente. Esto tiene sus ventajas, pero también sus desventajas.
La principal ventaja es la capacidad de realizar tareas de manera eficiente y fluida, ahorrando energía para otras actividades. Sin embargo, esta economía mental también puede llevarnos a la complacencia y a la falta de reflexión crítica sobre nuestras acciones y su impacto en el mundo que nos rodea.
La monotonía de las tareas repetitivas refuerza su automatización, lo que sería distinto si cada día enfrentáramos un idioma nuevo o condujéramos un auto diferente. Por lo tanto el hecho de que este proceso se instale de manera más intensa depende del grado de repetición y monotonía de la tarea.

En la era digital, bombardeados por una avalancha de información diaria, nuestra relación con la información ha cambiado. Primero, accedemos a la información basada en gustos y preferencias. Segundo, la información se condensa en paquetes breves que simplifican la realidad. Finalmente, los algoritmos, adaptados a estos principios neurocognitivos, refuerzan la aparición de contenido que resuena con nuestras preferencias, complicando el filtrado de información y activando un procesamiento automático y acrítico.
La pandemia, fue un momento clave en el avance de la digitalización y expresión personal y desde ella hemos visto una intensificación de este fenómeno. Con teorías conspirativas cada vez más alocadas, personas que buscan liderar en información y conocimiento sin los méritos tradicionales, las redes sociales se han llenado de individuos que se creen únicos y merecedores de atención sin los créditos necesarios.
Esto por supuesto se genera a través de los elementos que se han discutido, al recibir tanta información basada en nuestras preferencias, de una manera tan rápida y condensada que hace difícil el juicio o la discriminación, se va generando una conducta automática que acepta como realidad estos términos cada vez más absolutistas, desechando la experiencia de cada ser en pos de una receta mágica que a su vez, alimentada de una industria que invierte mucho dinero en estas plataformas, minimiza y denigra la experiencia humana y la capacidad de confiar en el instinto propio y el desarrollo cognitivo para llegar a sus propias conclusiones.
Es por esto que la consciencia, rescatada por todos los ritos ancestrales y tribales (el respeto a la naturaleza, sentirse uno con la creación, el cultivar los aspectos de nuestro ser antes que explotar el exterior) nos permite saltar un poco de esta evolución frenética y detenernos en la carrera hacia el narcisismo absoluto. Poder disfrutar de una plataforma en donde el contenido sea diverso, se contrasten diferentes puntos de vista, opiniones, ideas y teorías, podría contribuir a detener este mecanismo automático y forzar a que nuestra mente deje de trabajar en piloto automático al recibir este tipo de información.

Te comparto algunas referencias que puedes explorar para comprender mejor el tema:
- Narcicismo estético en la cultura de la imagen y en la era digital
- Narcicismo digital, en qué consiste y cómo saber si lo tenemos
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