La “ciencia”, “pseudociencia y “realidad”

¿De qué trata este artículo?

En esta reflexión provocadora te explico qué es lo que podría significar “realmente” la realidad.

Tiempo de lectura: 15 minutos.

En el título podrás ver que puse entre comillas los tres conceptos que se tratarán a continuación. Esto no es algo antojadizo ni tampoco sarcástico, puesto que la primera relación que abordaré es aquella dada entre el nombre que tiene algo y su significado.

¿De dónde viene esta compulsión de colocarle nombre a las cosas? Esta podría parecer una pregunta tonta, puesto que como animales que han evolucionado su lenguaje y cultura de maneras cada vez más complejas, tener nombres para todo es algo muy útil y nos permite comunicarnos mejor, o al menos eso pareciera.

No sólo tenemos nombres, sino que sinónimos, antónimos, conceptos que engloban a otros, elementos y conjuntos incluyentes y excluyentes y nuestro lenguaje es tan rico pero al mismo tiempo tan diverso que dependiendo de donde vivas es posible que no tengas idea de cómo se llaman ideas o conceptos que pueden ser familiares pero no tan útiles de nombrar o clasificar (la palabra serendipia me viene a la cabeza).

Cuando comenzamos a existir, el mecanismo más básico que vino incluido con esta maquinaria llamada vida fue precisamente la habilidad o el deseo imperioso por sobrevivir. Y cuando se trata de sobrevivir, ya seas una bacteria viviendo en un lago o un adulto joven intentando retirarse a los 50 años, lo más básico e importante es definir dónde estás tú y dónde está todo lo que amenaza con matarte.

Para la bacteria estas amenazas pueden ser otras bacterias, la cantidad de recursos disponibles, el clima, etc. Para protegerse de esto se van desarrollando mecanismos que se adaptan a la circunstancias, con el fin de SOBREvivir, es decir, poder vivir a pesar de grandes dificultades. En su ADN, en su membrana y en sus proteínas, la bacteria cuenta con receptores, mecanismos que captan señales del exterior para poder determinar dónde está la bacteria, y dónde está todo lo que la amenaza con la muerte. De ellos depende su interpretación de la realidad y por supuesto, sus pasos a seguir. Entonces sin tener palabras, ya existe un lenguaje, una especie de discriminación que se va conservando a lo largo de todas las especies, es decir, de toda la vida.

Si ahora vamos a ese joven adulto que aún vive en casa de sus padres, que no sabe qué hacer, pero sí tiene claro que quiere retirarse a los 50 años y vivir en Miami, toda esta maquinaria es potenciada por nuestra evolución cerebral para poder alcanzar el mismo objetivo, adivinen: SOBREvivir. Vivir a pesar de grandes dificultades. Y ahí es cuando comenzamos con los conceptos, las palabras y los nombres.

Para esta persona la amenaza de la muerte tiene más que ver con el fracaso, ya sea bien porque quiere estudiar alguna carrera profesional que le de un buen futuro, o emprender un negocio que le permita vivir de sus utilidades. El concepto o nombre de muerte se va relativizando puesto que el cerebro es capaz de adaptarse y re-definir conceptos y nombres en base a la experiencia adquirida. Puede ser que desde su infancia aquel adulto joven haya experimentado el miedo al fracaso o el deseo de aprobación, y el concepto de éxito sea poder vivir en Miami a los 51 años, ni más ni menos. Cada objeto, nombre, concepto va tomando un significado interno más profundo e influyente porque vivir en casa de sus padres puede ser una bendición si es que quiere ahorrar todo lo que gastaría viviendo solo, o un infierno si lo ve como límites e imposiciones que no lo dejan crecer. Sus sentidos, vista, olfato, gusto, audición y tacto, están llenos de receptores que le permiten sensar lo que pasa en su exterior y por supuesto, definir dónde termina él y empieza lo externo. Mientras más avanzada y moderna sea su vida, menos preocupaciones habrá sobre las cosas básicas (agua, comida, vivienda) y más sobre las cosas complejas (éxito, fracaso, rentabilidad, capital, contactos, viajes, Miami), sin embargo el mecanismo adaptativo innato de supervivencia es el mismo. Buscará integrar elementos en su sistema (dinero, éxito, trabajo) y se alejará o rechazará aquellos que amenacen su vida (fracaso, pérdidas, pobreza).

Este ejemplo ilustra muy bien lo que significa poner nombre a la mayor cantidad de cosas posibles, según lo que va moldeando nuestra realidad. Es un aspecto egoísta de nuestra manera de vivir, pero a quién le sorprende, si lo único o más importante que hemos buscado en nuestra historia como humanidad ha sido precisamente SOBREvivir nosotros. La mente gusta de clasificar, encasillar, porque precisamente quiere separarse. Separarse del entorno y poder discriminar, distinguir, entre todo aquello que desea integrar y todo lo que desea rechazar.

Los nombres nos permiten eso. Así, la “ciencia” significaría algo confiable y respetable, cuya “evidencia” reemplaza la experiencia del “uno” por la del “muchos” para dar lugar a interpretaciones “válidas” de la “realidad”. La “pseudociencia” por otra parte, sería aquello “supersticioso”, que valida la experiencia del “uno” de una manera poco “seria” y otorga a la “realidad” elementos “mágicos”, “místicos”, “improbables” que poco o nada tienen que ver con los “resultados” “reales”.

¿Y qué pasa después de asignar nombres y definiciones? Lo que pasa siempre que uno habla de “izquierda” o “derecha”, de “ketchup” o “katsup”, de “team invierno” o “team verano”, de “basketball” o “voleyball”, de “negro” o “blanco”, “pobre” o “rico”. Divisiones. Seres humanos que bajo su propia interpretación de la realidad buscan “esta” o “esta otra” experiencia. Esta división, junto al rechazo y el significado relativo e interno que cada persona le otorga a los conceptos, han llevado a cosas tan terribles como las guerras mundiales, dictaduras, asesinatos, violencia, odio, en fin, un sinnúmero de actos que en sí mismos siguen estando motivados de una manera mucho más compleja por este sistema básico de SUPERvivencia.

La realidad entonces se va midiendo por el ojo (principalmente el cerebro) de quien la ve. La ciencia nace de este impulso por sobrevivir y busca de manera determinista la explicación de todo fenómeno siempre y cuando se pueda medir y repetir. Cuando se trata de la velocidad a la que caen los objetos, de la fuerza transmitida por una colisión entre dos vehículos, o de la temperatura que necesito para ebullir el agua y tomarme el café que me permite seguir escribiendo este artículo (bueno, casi todos los avances que me permiten escribir, postear esto y a ti leerlo) la ciencia es una triunfadora. Literalmente nos permitió sobrevivir hasta esta era, algo probablemente impensable para la mayoría de las especies que no tuvieran pelaje, ni músculos muy grandes, ni tuvieran mecanismos de hibernación. Claro que en términos de sobrevivencia las bacterias y los microorganismos nos llevan años luz, porque como población lo único que les importa es no extinguirse como especie (ni extinguir al planeta). Pero nosotros logramos algo magistral, poder darle a cada persona la oportunidad de vivir en sus términos, construir y crear mundos que a costa de destruir otros, nos permitieron vivir la vida que tenemos hoy.

Gracias a la ciencia descubrimos que no éramos el centro del universo. Porque la ciencia se cuestiona la realidad, sus conceptos y logra tropezar con su rigidez para dar paso a nuevas explicaciones sobre la existencia. Pero debemos ser aún más humildes, y comprender que separar el “1” del “2”, decir esto “sirve” o “no sirve”, el número Pi es “3.14” son convenciones, conceptos establecidos por el cerebro de la humanidad. Por ende no es sorpresa que seamos terriblemente antropocéntricos (a pesar de saber que no somos el centro del universo).

Si uno se detiene a pensar en las desigualdades sociales históricas (la dominancia del sexo masculino, la “raza” blanca, el idioma inglés) nos damos cuenta que si la ciencia en sí misma no abarca a toda la humanidad, mucho menos abarcaría el resto de la existencia. Una cosa es saber que la Tierra gira alrededor del Sol, pero cada vez que se busca más y más lejos, la ciencia se encuentra con conceptos más difíciles de definir, más abstractos y con menos posibilidades de entender fácilmente lo que está pasando. De nuevo, una cosa es decir que un átomo se compone de neutrones, protones y electrones, pero cada vez que se busca más y más hacia dentro, se desvela la física cuántica y aparecen conceptos más difíciles de definir, más abstractos y con menos posibilidades de entender fácilmente lo que está pasando.

Ambos ejercicios buscan abarcar más y más del Universo “objetivable o conocido” y eso es precisamente lo que significa intentar comprender o encasillar lo divino. Dios, HaShem, Yahvé, Gaia, Adonai, Alá, Diosa, Luna, Sol, Universo, el Todo etc. Estamos hablando de los nombres que fueron “inventados”, pero que tienen en común lo siguiente: No pueden ser comprendidos (ni siquiera comprendiendo esa frase). Nuestra mente, esta maquinaria vital que nos mantiene en este mundo con vida, es muy pequeña y limitada en comparación al todo. Sólo como humanidad, si fuésemos todos un sólo ser humano, estamos en pañales. Estamos entrando al jardín destruyendo todo lo que hay a nuestro paso. No tenemos conciencia real de nuestro entorno (el planeta) o los compañeros (el resto de seres vivos). Sólo buscamos nuestro placer y comodidad, en eso sí somos buenos para llorar.

La humanidad es como un niñ@ que aprende los colores. Los clasifica, los separa y luego los une para pintar (destrozando todo a su paso, por supuesto) pero la idea es disfrutar y divertirnos con nuestro arte y su creación.

Así gracias a la estadística y la información podemos separar nuestras etapas vitales en lactancia, infancia, adolescencia, adultez, adultez mayor. Pero cuando las vivimos, nunca estamos seguros de dónde estamos. A veces lloramos y gritamos con la vulnerabilidad de un bebé, otras veces parecemos tan cansados de vivir como si tuviésemos 100 años. Esta es la experiencia humana, que no funciona sólo como una mente analítica sino que como una entidad profunda y compleja con la capacidad de descubrir otros conceptos, de interpretar la realidad de una manera distinta, poética, lúdica, asombrosa. Muchas disciplinas y herramientas esotéricas, prácticas ancestrales, religiones y culturas a lo largo del mundo, se encargan de conectar con lo que va más allá de simples clasificaciones o divisiones. La astrología que busca identificar relaciones entre los astros y nuestro camino evolutivo, el tarot que busca conectarnos con lo subconsciente, el grounding que nos conecta (literal) a la tierra, las constelaciones familiares que buscan reconciliar historias ancestrales. Nombres y conceptos que no son medibles ni reproducibles, sin embargo buscan unir, conectarnos con humildad a otros seres y dimensiones. Por supuesto seguimos (como humanidad) siendo ese bebé en el jardín y discriminando a los “escorpio” por ser tóxicos o buscando “adivinar” el futuro con el tarot.

Reconocer la humanidad como un total de pensamientos, sentimientos y actos que nos llevan a avanzar y construir el futuro sobre hombros de gigantes, es a su vez aceptar nuestra propia diversidad y maneras de ver y explicar la realidad. Abandonar el SOBREvivir que lleva a la mente a separarnos del resto, nos permite VIVIR re-uniéndonos con nuestros compañeros (el resto de seres vivos) y nuestro entorno (el amado planeta Tierra)


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Este artículo es reflexivo y filosófico por lo que no tiene referencias, si deseas conversar u opinar puedes escribirme y te responderé encantado.


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